Última actualización: 8 de mayo de 2021

Desde que el Partido Verde anunció a Annalena Baerbock como su candidata a canciller, muchos medios de comunicación han estado eufóricos. Incluso líderes empresariales alemanes están donando no solo aplausos, sino también dinero a los Verdes; en Baden-Württemberg, incluso las empresas de defensa han descubierto su afición por los Verdes. Es probable que surjan sospechas de grandes negocios después de que Baerbock, junto con el presidente francés Macron, anunciara planes para impulsar operaciones militares más robustas.

Al parecer, casi nadie en las filas de liderazgo espera que los Verdes garanticen una mayor justicia social, apliquen una redistribución vertical o impongan a las corporaciones estrictas regulaciones ambientales. ¿Por qué deberían hacerlo? La política ambiental y climática verde no se centra en la producción, sino que resulta en que muchos productos y la movilidad sean tan caros que solo una minoría podrá permitírselos en el futuro.

En Berlín, por ejemplo, un senador de transporte verde trabaja para privatizar el S-Bahn y fragmentarlo en la mayor cantidad posible de tramos. Pero, claro, la clientela verde no vive en las afueras, sino en el centro. Y allí, se creará espacio en las calles imponiendo una tasa de congestión, para que quienes puedan permitírsela puedan viajar libremente en el futuro. Mi vídeo de la semana trata sobre el simbolismo verde, que puede ser costoso para la mayoría y muy peligroso para todos en términos de política exterior.